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Quién diría que un disco luminoso y de fácil digestión como lo nuevo de Tennis resulte tan complicado de valorar. Quizás sea lo tibio y tranquilo de la propuesta musical de esta formación a la que tan bien se le da bucear en la nostalgia sin oler a viejo lo que dificulta un veredicto binario.


El tercer trabajo de estudio de larga duración (también está por ahí el EP Small Sounds) de la pareja formada por Patrick Riley y Alaina Moore no varía en el afán por facturar melodías dulces y en las que abundan el gusto y la mesura, picoteando en lo más interesante de los sonidos pop de los setenta y ochenta del siglo pasado. En su caso, la práctica les ha llevado al camino de la perfección logrando, entre otras cosas, parir unas letras más consistentes que en anteriores trabajos.


La voz de Alaina sigue siendo tan bonita como siempre, con esa facilidad para las armonías tan natural, y el mismo puesto en el acabado de todas y cada una de las canciones del disco (se nota la mano de sus tres productores, Richard Swift, Jim Eno y Patrick Carney) resulta más que evidente. Sin embargo, a lo largo del disco son contados los momentos en los que todo este elaborado envoltorio dan paso a algo de verdadero calado. Admitamos que “Night vision” tiene un no se qué hipnótico que engancha, que “Never work for free”, pese a recordar casi instantáneamente a Haim, es una canción pluscuamperfecta y que “I’m Callin'” logra evocar con éxito un panorama cool de tórridas noches deambulando por la gran ciudad. Pero es que, más allá de eso, apenas “This isn’t my song” o la vibrante “Solar on the rise” consiguen encender algo de emoción en un disco que abusa del medio tiempo, la autocomplacencia cuqui o el tempo semibailable. Así, “Bad Girls”, “Timothy” o  “Meter and line” resultan insulsas o, en el caso de la última, directamente aburridas,  y Ritual In Repeat se acaba quedando en un disco que no tiene nada intrínsecamente malo pero en el que tampoco nada enamora

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